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Microrrelatos

El torpe

Mi vida ha estado llena de tropiezos, en parte porque soy bastante torpe y distraído, pero también quiero pensar que es una manera -poco elegante, pero particular- que tiene el destino de encaminarme por mi vida. De todas las caídas, traspiés y resbalones, sólo quiero resaltar tres, las tres más importantes: la de la vida, la del amor y la de la muerte.

La primera caída en realidad la tuvo mi madre: al parecer me moví violentamente en su barriga y, tal sobresalto se llevó, que se desmoronó contra el suelo y de esa manera comenzó mi parto, que tan rápido fue, que la pobre mujer, tal cual cayó, tuvo que parirme. Así pues, puedo hacer la gracia y decir que no nací, sino que me resbalé al mundo.

El segundo tropiezo fue un encontronazo brusco en un café, de manera que vertí mi cortado ardiente sobre una desgraciada muchacha. Desgraciada no porque se quemara con el café, que además echó a perder su blusa, sino porque tuvo que aguantarme toda su vida, ya que se convertiría en mi esposa durante muchos años, hasta que, recientemente, dejara este mundo. Fue, sin duda, lo mejor que me ha pasado, y ahora…

El tercer tropiezo aún no ha llegado, pero sé que de un tropiezo, de una caída tonta, he de perder la vida, y más fácilmente ahora, que ya no tengo agilidad, y pierdo el equilibrio con mayor facilidad aún que cuando era joven. Cada día creo que será el último, que en cualquier lugar he de tropezar con cualquier trasto, y golpearme fatalmente la nuca, o algo así, yo no sé... Por supuesto que no lo busco, ni tropiezo a drede, pero mentiría si no confesara una esperanza latente con el despertar de cada día. Ahora que estoy solo, espero esa caída con resignación y hasta con desasosiego, pues esta vida sin ella –mi esposa-, mediocre y vacía que llevo no me reportará ninguna alegría más. Estoy acabando el camino, lo sé. Pero mi tropiezo final no llega, y, a la noche, en la cama, dando vueltas entre las sábanas heladas mientras suena el reloj de péndulo dando las tres, el corazón aprisionado no me deja dormir y golpea mi cabeza; así que me levanto, y siembro la casa de pieles de plátano, a ver si mañana hubiera suerte.

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