El hijo pródigo
Pasé meses sin escribir nada. Meses en blanco. Incluso dejé de leer...Sentía que mi interés por las cosas disminuía, que la motivación que antes me atraía hacia el mundo, su historia, sus gentes, su vida, ahora había sido sustituido por un ensimismamiento insustancial y apático. No recordé si sonreía a menudo o no, o a qué dedicaba mis tardes monótonas y vacias...
Un día anoté torpemente un suceso sin interés en el cuaderno, y, aun avergonzado por lo horrible de lo escrito, me sentí mejor.
Comprendí cual es el buen camino. Y no quise guardarlo sólo para mí.
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