alomejor
Alomejor no se dio cuenta, o alomejor sí.
Alomejor no se dio cuenta, o alomejor sí.
Sueño aunque me contengo,
me visto de negro,
mantengo mi alma aunque sin aliento,
no descanso ni durmiendo
pero yazgo en el más sutil de mis sueños.
Buitres que vuelan junto a mi ventana,
espectros que nacen de la nada,
miedo por dentro, por fuera....
miedo con ansia.
Quieta, como muerta: petrificada,
como suelo,
como mis propias pisadas,
como con miedo
pero sin alma.
Hoy, ayer y mañana,
sin tiempo ni ganas.
Naturalezas muertas,
muertes naturales,
frentes con arrugas viejas y sufridas...
inesperadas pero vividas,
y envidia que desaparecen
porque son pruebas de óbito, de muerte.
RELATOS
Carta a un maltratador
Fernando Orden Rueda 2º de Bachillerato, de Ciencias de la Salud. IES
Bioclimático, de Badajoz. II Premio del II Concurso Nacional ’Carta a un
maltratador’, convocado por la Asociación ’Juntos contra la violencia
doméstica’
Para ti, cabrón: Porque lo eres, porque la has humillado, porque la
has menospreciado, porque la has golpeado, abofeteado, escupido,
insultado... porque la has maltratado. ¿Por qué la maltratas? Dices que es
su culpa, ¿verdad? Que es ella la que te saca de tus casillas, siempre
contradiciendo y exigiendo dinero para cosas innecesarias o que detestas:
detergente, bayetas, verduras... Es entonces, en medio de una discusión
cuando tú, con tu ’método de disciplina’ intentas educarla, para que
aprenda. Encima lloriquea, si además vive de tu sueldo y tiene tanta suerte
contigo, un hombre de ideas claras, respetable. ¿De qué se queja?
Te lo diré: Se queja porque no vive, porque vive, pero muerta. Haces
que se sienta fea, bruta, inferior, torpe... La acobardas, la empujas, le
das patadas., patadas que yo también sufría.
Hasta aquel último día. Eran las once de la mañana y mamá estaba sentada en
el sofá, la mirada dispersa, la cara pálida, con ojeras. No había dormido en
toda la noche, como otras muchas, por miedo a que llegaras, por pánico a que
aparecieses y te apeteciera follarla (hacer el amor dirías) o darle una
paliza con la que solías esconder la impotencia de tu borrachera. Ella
seguía guapa a pesar de todo y yo me había quedado tranquilo y confortable
con mis piernecitas dobladas. Ya había hecho la casa, fregado el suelo y
planchado tu ropa. De repente, suena la cerradura, su mirada se dirige hacia
la puerta y apareces tú: la camisa por fuera, sin corbata y ebrio. Como
tantas veces. Mamá temblaba. Yo también. Ocurría casi cada día, pero no nos
acostumbrábamos. En ocasiones ella se había preguntado: ¿y si hoy se le va
la mano y me mata? La pobre creía que tenía que aguantar, en el fondo
pensaba en parte era culpa suya, que tú eras bueno, le dabas un hogar y una
vida y en cambio ella no conseguía hacer siempre bien lo que tú querías. Yo
intentaba que ella viera cómo eres en realidad. Se lo explicaba porque
quería huir de allí, irnos los dos.Mas, desafortunadamente, no conseguí
hacerme entender.
Te acercaste y sudabas, todavía tenías ganas de fiesta. Mamá dijo que no era
el momento ni la situación, suplicó que te acostases, estarías cansado. Pero
tu realidad era otra. Crees que siempre puedes hacer lo que quieres. La
forzaste, le agarraste las muñecas, la empujaste y la empotraste contra la
pared. Como siempre, al final ella terminaba cediendo. Yo, a mi manera
gritaba, decía: mamá no, no lo permitas. De repente me oyó. ¡Esta vez sí que
no!-dijo para adentro-, sujetó tus manos, te propinó un buen codazo y logró
escapar. Recuerdo cómo cambió tu cara en ese momento. Sorprendido, confuso,
claro, porque ella jamás se había negado a nada.
Me puse contento antes de tiempo.
Porque tú no lo ibas a consentir. Era necesario el castigo para educarla.
Cuando una mujer hace algo mal hay que enseñarla. Y lo que funciona mejor
es la fuerza: puñetazo por la boca y patada por la barriga una y otra vez.
Y sucedió.
Mamá empezó a sangrar. Con cada golpe, yo tropezaba contra sus paredes.
Agarraba su útero con mis manitas tan pequeñas todavía porque quería vivir.
Salía la sangre y yo me debilitaba. Me dolía todo y me dolía también el
cuerpo de mamá. Creo que sufrí alguna rotura mientras ella caía desmayada en
un charco de sangre.
Por ti nunca llegué a nacer. Nunca pude pronunciar la palabra mamá.
Maltrataste a mi madre y me asesinaste a mí.
Y ahora me dirijo a tí. Esta carta es para tí, cabrón: por ella, por la que
debió ser mi madre y nunca tuvo un hijo. También por mí que sólo fui un feto
a quien negaste el derecho a la vida.
Pero en el fondo, ¿sabes?, algo me alegra. Mamá se fue. Muy triste, pero
serenamente, sin violencia, te denunció y dejó que la justicia decidiera tu
destino. Y otra cosa: nunca tuve que llevar tu nombre ni llamarte papá. Ni
saber que otros hijos felices de padres humanos señalaban al mío porque en
el barrio todos sabían que tú eres un maltratador. Y como todos ellos, un
hombre débil. Una alimaña. Un cabrón.
La noche se me hace eterna.Cada segundo mirando el estallido de reloj que resulta al cambiarse de posición la pequeña aguja que anuncia la llegada del próximo segundo, parece un corazón latiendo entre mis sienes; una tortura tan inmensa que ni la persona peor tratada en la historia de este cruel destino podría llegar a imaginar en sus peores pesadillas.
Lo siento cada vez más fuerte, hasta llegar a sentir que me explota la cabeza partiéndose en mil pedazos diminutos.Levanto mis brazos para colocarlos encima de las orejas, a mi parecer, en mis cada vez más grandes sienes, esperando con ello encontrar algo de alivio; pero no funciona.
Quizá buscando el problema psicológico por el cual me encuentro en tan mal estado, acabo realmente con el verdadero sufrimiento que siento, por lo que hago un esfuerzo sobrehumano para poder pensar en ello en medio de esta tortura; me resunta casi imposible concentrarme, se me nubla la vista y la mirada se me pierde como buscando la línea imaginaria del infinito...tampoco la encuentro.
Esto no puede ser cierto, quiero llorar y no tengo lágrimas, quiero gritar y no tengo voz, tampoco me quedan ya fuerzas para intentar nada de esto.
No consigo encontrar el inicio, ni mucho menos la solución, pero no puedo ni quiero darme por vencido,alomejor me arrepiento de todo y termino deseando llegar al mayor final que puede elegir el ser humano, pero me hago el fuerte y resisto.
Tumbado,en mi habitación, pasaré lamentandome de todo esto el resto de mi vida.